Lo que me enseñaron las manos de mi madre

By Vianey Alderete for Borderzine on December 19, 2013.

EL PASO – Cuando yo tenía 11 años mi mamá se convirtió en mi muñeca. Tuve que acomodarle los brazos para ayudarla a vestirse, hacerle de comer, cuidarla y amarla más que nunca.

La rapidez con la que la artritis reumatoide se adueñó de su cuerpo fue tanta que ése mismo año dejó de usar zapatos altos y empezó a tener dificultad cambiándose la ropa. Sus síntomas eran resultados de esa dolencia que le fue detectada cuando tenía 36 años.

Es una enfermedad crónica del sistema inmune que causa la inflamación de las articulaciones como las rodillas, las caderas y los tejidos circundantes. Esta enfermedad también causa complicaciones en los órganos, incluyendo los ojos, pulmones, piel, y el corazón causando fatiga.

En ese entonces la reciente separación de mis padres y la mudanza de México a Estados Unidos nos tenía a mi hermano, a mi mamá y a mí con problemas que tendríamos que superar en los siguientes años. Pero mamá sigue trabajando como enfermera en un hospital durante la noche, de entre cuatro a siete días a la semana.

Desde ese entonces ayudarla a realizar actividades cotidianas como mover objetos pesados, cocinar, y hasta llevarle sus medicinas a la cama, no es lo más difícil de lidiar por su enfermedad. La inconsistencia de su estado es desgastante emocionalmente; algunos días se levanta fuerte y saludable, y algunos días el tan sólo levantarse de la cama es una batalla, y su estado puede ser tan grave que requiere llevarla al hospital. Cuidarla nunca ha sido duro, pues yo haría cualquier cosa por ella, y el simple hecho de pensar en hacerle sentir mal me rompe el corazón.

Ser una buena hija es el trabajo más importante de mi vida, y  aún tengo el recuerdo de aquella vez que le hice sentir mal durante mi etapa de adolescencia. “¡No digas eso que te voy a cachetear!”, exclamó ella en el carro durante una pelea acerca mis dramáticos problemas de niña de quince años. “¿Y con qué manos me vas a pegar?”, me reí de ella cuando le contesté. Se soltó a llorar. Nunca en mi vida me había sentido tan mal.

Con el paso del tiempo he podido entender el punto de vista de mi mamá para comprender lo duro que es vivir como ella. Entre más entiendo su situación, menos comprendo como puede seguir adelante viviendo la vida de manera positiva.

Irónicamente, hace un año se comenzó a presentar un problema en mis rodillas que es similar al de ella. Durante 15 años bailé ballet y finalmente el sacrificio que sufrí para poder disfrutar la luz del escenario me dio un golpe terrible. Los doctores lo identificaron como posible artritis post-traumática, pero no se sabe exactamente cuál es el problema con mis rodillas.

Tener que buscar una solución a mi problema, visitar a diferentes doctores, estar limitada en movimiento, y sufrir el dolor físico y emocional me ha tomado el tiempo que usualmente dedico a cuidar a mi mamá, pero ahora la entiendo en un nivel más profundo.

Aprender a vivir con el dolor no va a ser algo fácil para mí, pero tengo un gran ejemplo. Mi mamá siempre ha puesto a los otros antes que a ella misma, y siempre menciona que, aunque ella esté enferma, siempre habrá gente en el mundo que estará en peores condiciones y por eso uno no se debe quejar de la vida. Su control y la fuerza de voluntad con la que ella vive su vida me enseña que siempre hay que seguir luchando, encontrando la felicidad dentro de uno mismo.

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